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Rara jornada...

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 Estábamos sin obligaciones laborales y el pronóstico del tiempo auguraba un día soleado. Teníamos enormes ganas de salir juntos a pescar y no lo pensamos dos veces: -Vamos donde tú quieras- dijo Jesús.- lo importante para mi es pescar contigo. Y después de muchas dudas decidimos ir al Simpson por razón de cercanía, unos 15 Km. del Lodge de Salmo Patagonia. El contratiempo fue que al llegar al Río estaba lloviendo y hacía un viento terrible, en tanto que cuando salimos de la ciudad lucía un sol prometedor y una brisa suave. Es normal que ese sector del río tenga un clima muy particular así que dimos media vuelta y regresamos hacia casa. -Me he olvidado de las moscas- comentó Jesús contrariado- Pero no hace falta que subamos de nuevo al lodge porque tengo algunas en otra cajita. Este fue el primer contratiempo del día; ahora os narraré otros que siguieron. -Te voy a llevar a un río que te gustará- le prometí. Y sin ningún comentario más cogimos otra carretera llenos de esperanzas. Manejaba Jesús, por cierto despacito para poder ir viendo el paisaje. Le vi que disfrutaba con cada asombroso rincón que aparecía ante nosotros; después del olvido de sus cajas y de la borrasca en el Simpson la jornada nos sonreía. Sector de Seis Lagunas y ríos del lugar: realmente estábamos a nuestras anchas y casi, sólo casi, no nos importaba la pesca. Tantos lagos mágicos, tantos cerros colosales con precipicios atemorizantes nos hacían sentir algo que resultaba una mezcla de admiración y asombro. Después de ese paseo “turístico”, en el que empleamos más tiempo del programado, llegamos al estero que, reluciente con el sol mañanero, parecía sonreírnos. rar1Lo malo fue encontrar un sitio por donde entrar porque los cercos de los campos y el bosque impedían toda penetración. Esos terribles alambres con púas de los cercos amenazan siempre nuestros vadeadores… Salvando como pudimos todo obstáculo caminamos durante casi una hora hasta alcanzar la desembocadura del arroyito que ansiábamos pescar. -Ahora montaremos las cañas y a pescar.- dije a Jesús, inútil comentario porque ya estaba desenfundando su Sage con infantil ilusión. ¡Y dijo poco antes que no le importaba la pesca…! En tanto se preparaba yo quise saltar el cerco que llega hasta el mismo río y lo atraviesa para montar tranquilamente en las aguas de la desembocadura. Y tal hice: Un pasito, un saltito y… Soy el inventor de una nueva manera de caerse y si no lo creéis mirad cómo fue: a mi espalda había una pendiente considerable de no más de dos metros de larga que acababa en el propio río Simpson además de un considerable hoyo oculto del que yo no me había percatado. Al tomar impulso para saltar metí un pié en esa “caverna” camuflada. Lentamente fui perdiendo verticalidad y di con mis espaldas en tierra, descendí por el tobogán como si fuese una pista de esquí hasta tocar con la coronilla el agua profunda del lugar, momento en que milagrosamente encontré un alambre de espino suelto al cual me agarré con decisión. Pasado el primer deslizamiento lógicamente quise enderezarme pero resultaron inútiles todos los esfuerzos: estaba literalmente encajonado en una zanja que, a modo de sarcófago, parecía hecha a la medida de mi cuerpo. ¡No podía moverme ni hacia delante ni hacia detrás! -¡Voy, voy!- gritaba Jesús asustado. Le debió resultar alarmante ver a su amigo “cara al sol con el vadeador nuevo”, ¡Redigton con cremallera! bastante amenazado por numerosos alambres de espino que firmemente agarraban mi ropa y mis manos. Jesús tiraba de mis piernas hacia arriba con todas sus fuerzas pero ni me movía un centímetro: tenía la retaguardia metida en el hoyo y los pies en lo alto de de la rampa. Tira por allí, sube por allá, el pobre Jesús se sentía impotente de mover mi cuerpecito. Me vino a la mente la idea de estar en rar2un ataúd y, por Dios vivo que era perfecta la comparación: aquello amenazaba con convertirse en mi tumba definitiva. Por si fuese poco un hilito sutil de agua comenzaba a entrar desde la coronilla hasta la espalda, chorrito prometedor de un tonificante baño general. Dado mi firme auto- sujección pudo Tachu soltarme sin riesgo de continuar la entrada en el río y cogerme por la espalda para tratar de enderezarme. Pero no fue sencillo porque estaba “alambrado” de manera casi total. Por si fuese poco, al tirar peligraba la integridad del vadeador. Salvado, sano y salvo pudimos respirar tranquilos. Tampoco el vadeador presentaba señales de rasguños: sólo el jersey y mi mano derecha que sangraba daban fe la pasada batalla. -¡Vamos, vamos! acabemos de montar. Así que, ya en el arroyito, cogí mi chaleco para sacar el carrete. Busca en un bolsillo, busca en otro…Vuelta a comprobar todos los huecos de la prenda y ¡el carrete que no aparecía! Con cierta contrariedad constaté que lo había olvidado en casa o en el auto. No me importó porque me conformo con ver pescar a los compañeros y más estando con Jesús. Cuando le dije el nuevo olvido de la jornada le vi preocupado. -Vaya un día que llevamos. Esperemos que todo acabe aquí. Te dejaré la caña de vez en cuando… Y esto lo dijo con cara de pena… El estero está poco pescado porque resulta complicado hacerlo: ni las cucharillas corren por causa de las muchas algas y berros, ni las moscas resultan cómodas si no se es muy experto en los lances. ¡Pero qué maravilla de arroyito resulta este Arco! 

Poco tardó Jesús en sacar la primera pieza, más bien chica. Luego hubo un periodo de una media hora de nula actividad: sólo hizo subir a un par de peces, también “puro chicos”. Llegamos a una zona algo más correntosa orlada de algas por el lado opuesto a nosotros. Jesús pescaba con una emergente de pelo de liebre ártica, supongo que “en celo” (¡estos montadores expertos…!) muy visible pese a su postura en el agua. En un lance algo arriesgado, la imitación rozó las algas de la orilla: una saeta surgió de la nada y fue a por ella. La lucha fue breve pero enérgica; cuando la tuvo en la mano pude ver que era una trucha muy buena, quizá cercana a los treinta y cinco centímetros. ¡Nos dimos la mano! Aquello empezaba a prometer una tarde fantástica que nos haría olvidar todos los percances ¡y mil más que hubieran sucedido! Desde ese momento abundaron las subidas, alternando truchas bonitas con otras menos vistosas. Jesús estaba radiante, de tal manera que al poco me pasó la caña en tanto él se envenenaba con un cigarrito: ¡este chico no aprende…! Lancé sobre la orilla de enfrente, con una posada muy suave aprovechando el viento de espalda. La mosca cayó pegada a las algas y una hermosa trucha premió mi pasado martiro por salir del “hoyo”. Fue suficiente: no pretendía seguir pescando y pasé la caña y su veloz mosca “Ártica” al propietario, algo que le devolvió la alegría. No lo vi pero me comentó que bajo un tronco sobre el que se había colocado para lanzar salió una enorme trucha ¡o un salmón! ya que es un río donde he visto bastantes salmones muertos tras el desove. Fueron muchas las truchas que salieron hasta llegar a otro dichoso cercado que cruza el río de lado a lado. Volvió a pasarme la caña. Varias cebadas a la salida de un chorrito denotaban peces muy serios en plena ceba. Lancé sobre el más cercano y no pasó ni un segundo cuando una trucha muy hermosa tomó la mosca. La lucha fue breve porque se soltó. Lancé de nuevo unos metros más arriba; un falso lance, dos falsos lances y ¡preciosa tomada fulgurante! La lucha poderosa denotaba el excelente estado de fuerzas del pez. Era bastante grande, de unos 45 centímetros y de bellísima librea. Me quedé satisfecho con ella, así que le pasé la caña a Jesús, esta vez definitivamente. El sol estaba ocultándose y nos quedaba el pozón del que tanto le había hablado a Tachu durante la jornada, habitación de grandes peces. Le di los consejos oportunos basados en mi experiencia de otras lejanas jornadas y empezó la cuenta atrás. Lanzó agazapado como un indio: rozando peligrosamente los árboles de la orilla opuesta que caen tapando las aguas, la mosca se posó con suavidad. Bajaba muy despacito arrastrada por la tenue corriente.Los segundos se nos hicieron siglos. No hubo respuesta. Nuevo lance como un metro más arriba; la mosca cae sobre las berras pero salta al agua sin el menor ruido. Creo que se debían escuchar los latidos de nuestros corazones: ¡estábamos seguro que ella subiría más temprano que tarde! Pero tampoco rar3salió la quimera soñada. Un paso aguas arriba, siempre agazapado, y lance preciso sobre las berras siguientes: este Muchacho es mi envidia en los lances. Creo que los pájaros callaron y el silencio era la obertura de la escena cumbre del día. ¡Sube! Me dijo mi subconsciente. Pero se prolongó la escena; unos segundos después, Jesús se puso en pié como un resorte al tiempo que clavaba el “mayor pez de su estancia en Patagonia”: carreras poderosas río arriba, río abajo, saltos inimaginables… ! ¡Qué trucha, que trucha…!! Jesús enloquecía y yo me llenaba de alegría, también por comprbar que el pozón y todo el río seguían llenos de vida como antaño pese a una piscicultura colocada en su nacimiento. No puedo remediarlo: sufro cuando compruebo que el Homo desbasta la Tierra a su paso ¡algo cada día más frecuente…! Acabada la epopeya nos abrazamos: fue el final de una jornada llena de problemitas ¡pero que bella! Con esa trucha de unos 80 centímetros pusimos fin al día, no sin antes prometer que volveremos: -Este rio le va a gustar al Profesor; y estaremos los tres juntos ¡casi nada! Antonio, el Profe, vendrá con otro amigos desde España en breve, ansiado acontecimiento que promete ser un regalo del dios del Río. El regreso hasta el auto fue algo más breve que la ida porque encontramos salida por otro arroyito cercano que atajaba en directo a la carretera. Será el camino de la siguiente visita que le haremos. Quizá hasta nos detendremos en este para ver si tiene truchas escondidas entre la tupida capa de ranúnculos que casi lo cubren por entero. Y desde luego que pescaremos la zona que sigue, aun más cerrada por las algas y plantas. En el inicio de ella sacó Jesús otra excelente trucha como despedida de la jornada. (1) Parece ser que no se trataba del estero del Arco y sí del río Sin Nombre.

Luis Antúnez Valerio

 

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