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OTOÑO EN PATAGONIA. Jornada del final de una temporada...

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Dedicado a mis Hijos, para que nunca dejen  en el olvido los lagos, los ríos, los bosques, las altas cumbres de hielos azules... En ellos encontrarán mi alma.

 

 

 

Contemplar el otoño en Aysén lo considero un auténtico privilegio. Observar los árboles en sus cambios de verdes a luminosos  bronces que en breves días virarán al rojo vivo; ver estas magníficas montañas cubiertas con las primeras nieves; disfrutar con los fantasmagóricos destellos de los hielos azules de los glaciares; meditar sentado junto al Río escuchando su sagrado mensaje, todo, absolutamente todo, es algo que nos puede parecer un sueño, un cuento de Hadas, una pura alucinación infundida por los mágicos habitantes de las aguas, los elfos.

 

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No es únicamente la Pesca lo que nos hechiza, son todas las cosas que nos rodean y que nos hacen creer que vivimos en un planeta escondido de un lejano  universo. Pero aun con todo, si la sabemos practicar como un Arte, la pesca con mosca no es ajena a ese grandioso escenario; es más, lo complementa.

Lejos quedarán las ansias de pescar, de hacernos unas fotos que nutran nuestra vanidad, aunque nunca he podido saber de qué podemos  vanagloriarnos. ¿Imágenes para el recuerdo, dicen? ¡Cómo olvidar ninguno de los episodios sin necesitar nada más que nuestra mente…!  Bueno, son modas que a mí me causan risa al ver algunos de los actores comiéndose la caña.

Paso una temporada en el Campo del Cóndor, como gusto llamarlo, y se acerca el fin de la temporada de pesca. No quiero dejar de salir un día más y asomado al valle del Ñiregüao viendo tan magnífico panorama, siento la imperiosa llamada del Río. A él se unirá el recuerdo de un entrañable  amigo que ya partió “para el último viaje” y que era loco por estas aguas: Paco Pepe.

Con los bártulos amados en el auto, brincando por esos benditos caminos de la Trapananda, me resulta difícil apartar la vista de los últimos coihues que mantienen las galas otoñales...

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 En el camino de descenso al valle me invade la nostalgia al contemplar el bosque casi totalmente sumido en la fría imagen invernal: se acaba la belleza de esta temporada. Creo sentir junto a mí la voz lejana del amigo perdido. 

 Los kilómetros que me separan del río son una pura delicia para los ojos del alma. No importa el tiempo que paso en ello porque todo es una promesa de horas muy especiales entre ríos, lagos, bosques…    

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Paso por la pampa de aspecto lunar, recorrida tantas veces con la caña en mano, pero mi destino está aún más lejos: el mejor afluente del Norte. Es un estero modesto, pleno de rincones de ensueño y mágicas aguas luminosas hoy teñidas por los colores de la estación mágica de la vegetación circundante. Sus fondos son de piedras cubiertas con brillantes capas de verdes musgos. Mayormente circundado  de árboles lo hacen poco apropiado para pescadores obsesionados con largos lances. Aquí son necesarios lances precisos, cortos y con recorridos de las moscas parejos a la corriente, es decir, similares a los seguidos por las moscas naturales. Los dragados suelen dar malos resultados de no ser en presencia de ciertas moscas, tricópteros y pérlidos principalmente.

Para mí dirigir la mosca, y sólo ella, valiéndonos de la puntera de la caña convierte la pesca en algo muy especial que siempre he deseado: la pesca de punta. ¡Y desde luego seca! No es que las ninfas no funcionen pero dado el escaso fondo y los numerosos obstáculos sumergidos, incluso árboles que han querido morir en el río, las hacen bastante molestas de no ser un verdadero maestro del Arte, algo que no es mi caso, ¡por fortuna! Los “ases”  necesitan Pescar mucho para demostrar “algo”, y posiblemente pierdan la esencia del momento con esa obsesión. Creo que es la mejor manera de arruinar el íntimo placer que nos da un Arte ancestral. Para disfrutarlo plenamente deberíamos siempre vestirnos de humildad.  Considero personalmente que es un sacrilegio perder la belleza de una sola subida en seca por pescar “al tiento”. Eso es otra cosa bien distinta a lo que yo entiendo. Si suben bien, si no suben bien también ¡hay tanto que ver y aprender aquí! Recechar una trucha, grande o pequeña, en estas cristalinas aguas, rodeados de semejante paisaje, se convierte en un rito sagrado que enriquece nuestro espíritu.

A la llegada al lugar elegido gusto descender bastante trecho para comenzar río arriba sin prisas, serenamente,  pescando al agua  tablas repletas de buenos recuerdos.  Aquí nunca tuve competencia de otros pescadores, otra razón por la que tanto me apasiona  la Patagonia de Chile: es como verme  joven  pescando en una España de hace setenta años…

 

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No vuela nada hoy; es demasiado temprano dada la avanzada fecha del otoño en la que me encuentro, por lo que decido entretenerme practicando lances  complicados y así dominar la impaciencia.

Salen varios pececillos atrevidos que no clavo ayudado por el respetable tamaño de mi mosca montada en un anzuelo del 14. Y sin punta, rota porque tengo el presentimiento que sólo las truchas chicas saldrán durante el día y no deseo dañarlas.

No es así; a media mañana van apareciendo buenas damas que se encargan de regalarme roscos descomunales. Apresurado cambio de modelo y anzuelo, sin muerte pero con punta, con las esperanzas puestas en la suerte.

“Serénate viejo y mira qué es lo que están comiendo…” 

 La eterna norma que cada día descuido más. ¿Es esto señal de desidia? No sé, pero empiezo a renegar de tanta técnica como hoy reina en nuestro mundo mosquero y ¡qué decir de las imitaciones que son verdaderas obras de arte! Mis veteranas moscas, de anzuelos roñosos y plumas apolilladas, causan la compasión de más de un amigo ¡o la risa…! Pero yo las amo...

La aparición de un díptero negrito, casi invisible como el Chochín, me llena de desilusión. Deseaba hacerlas subir con un voluminoso velero que facilitase seguir, sin perder un solo segundo, toda la escena de cualquier captura. Soy cabezota: no cambiaré de moscardón, ¡qué más da!  

Con estas ideas me siento junto a una tabla larga cubierta de ñires y abundante vegetación para disfrutar con el recuerdo de pasadas vivencias. Me parece oír a Paco refunfuñando ante un enganche en alguna traidora rama.

 En esa zona mucho he disfrutado en días de buena fortuna, pero me preocupo al ver sólo escasas tomadas. ¿Los furtivos? Desde luego no es un río para ellos que gustan de usar el “terrible”, mas ¿y si emplean la red o el tenedor? Su actual abundancia ya no es como cuando le conocí, por supuesto, pero no quiero pensar en una destrucción importante, así que decido seguir esperando por si se incremente la humilde ceba. Este es un río que se enriquece de bellos ejemplares en épocas de remonte para el desove, ¡y estoy en ella!  

No se hace esperar el milagro.  Es el dios de las aguas que de nuevo quiere regalarme unas breves pero inolvidables horas. Según avanza el día aumentan de tamaño los peces y con ello voy  haciendo realidad mis sueños.

 A un par de metros, casi ocultas delante de una piedra que emerge de la corriente, veo  unas cebadas sutiles que se repiten con cierta frecuencia: sí, parece hermoso el pez. Con la caña hacia atrás para no asustarlo, dejo que la mosca revolotee sobre la postura ayudado por la brisa que me llega por la espalda: saltitos sobre el pez y de nuevo a volar en el mismo lugar. Uno, dos, tres toques sutiles al agua con sólo la mosca y, al cuarto, ¡un rayo dorado se levanta poderoso hacia el cielo en una tomada apasionante! Confieso que me sobresalté como un principiante con lo cual la clavada resulta ser lenta para semejante criatura.

Saltos que pretenden alcanzar el cielo y correrías por la tabla, frecuentemente apoyada tan sólo en su cola; fulminantes bajadas corriente abajo; esfuerzos míos para hacerla remontar que, como suele suceder cuando nos encontramos en tal situación, me deja sin la primera trucha seria del día. Tendría un par de cuartas y muy bella.

¡Uf! Qué ritmo alcanza mi corazón. No lograré aprender nunca a dominar mis emociones, algo que nadie entiende: ¡tantos años pescando y sigo como el primer día…! Bien, eso no deja de ser una suerte, ¿por qué tanto lamento? No, si es que en estos momentos no sé lo que digo.

 

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Pretendo serenarme; vuelvo al asiento anterior y a las remembranzas del llorado Amigo. Seco mi mosca con esos mágicos cristales de Salmo. Suelo decir siempre que sin ellos sería más torpe y patoso de lo mucho que ya soy: hace milagros al que desea mantener seca y alta, muy alta su imitación y también cuando pretendemos crear una capa de aire alrededor de su cuerpo, similar al de una emergente natural.

 

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Una lenga deja caer a mi lado una humilde hoja rubí; la pierdo de vista mecida serenamente por la corriente hacia su destino final. Esta escena trae a mi mente el fluir del tiempo, años que pesan sobre mi espalda. Sí, sé bien que todo fluye como el agua que ahora empuja mi cuerpo, ¡pero mientras pueda bajar al Río…!

A la misma distancia de la anterior subida, pero en la orilla opuesta, un escandaloso chapoteo me sobresalta.  Quiero imaginar que con tanto ruido será pequeña y casi estoy a punto de abandonarla cuando varias subidas más me hacen concentrar la atención en el lugar. Los reflejos son muy fuertes (sigo sin gafas polarizadas…) Sólo veo que algunas gotas de agua llegan a salpicar las plantas cercanas. Está colocada en un recodo muy complicado por su cobertura de ramas y con una fuerte corriente tras escasos palmos de la postura: si la línea tocara ahí arruinaría el lance. Y tanto repitió el chapoteo que al final me veo obligado a bajar unos metros para situarme en línea recta con el chorro de la corriente que la sigue.

¿Cómo hacer una posada sin enganchar  ramas y sin  dragar? No hay mucho espacio libre para posar.  La única solución es hacer un lance con arco y, acto seguido pescarla como se pueda.

Espero a que suba más veces para que se confíe si notó algo raro al aproximarme por detrás. Sigue tranquila. Finalmente tenso como un arco la Sage SLT, pongo la mosca junto a la oreja izquierda, apunto al hueco y… me dejo clavado el moscardón a modo de pendiente. Con un fuerte tirón apresurado la arranco sin temer al posible dolor, ventaja indudable  de los anzuelos sin arpón.  

Repito el arte de Guillermo Tell, pero poniendo cuidado en no volver a molestar mi sangrante oreja. Ahora sale rápida la mosca pero queda por detrás de la trucha. La corriente la hace dragar a toda velocidad como era de esperar. Bueno… Repito el dichoso lance de arquero pero en esta ocasión el taimado engaño quiso colgarse de una ramita que cubría al pez. Sé que es fatal desclavar un anzuelo que está en el campo de visión de la trucha sin asustarla pero lo consigo. ¡Y santo cielo! Tengo la mala suerte de ver perfectamente a la escandalosa trucha. ¡Es hermosísima! del entorno a los setenta centímetros. Ante tal  imagen podéis imaginar que mis lances no irán a mejor...

En los eternos minutos de tentativas fallidas  suelo dejar de darme cuenta quién soy ni lo que hago allí, sólo soy “alguien” desmaterializado y veo pez y ramas, muchas ramas que se ríen desafiantes de mi depurada técnica de lanzado.

Mas no resultan vanos tantos intentos; en uno  de ellos en el que abandono toda técnica y me guío por mi subconsciente,  la mosca se posa lentamente con la suavidad de un aquenio justo sobre la cabeza de mi quimera. Sin dar tiempo a prepararme, sube con la misma violencia que empleaba con las naturales. Mi clavada a la seda es sutil pero decidida. Ella hace un insignificante movimiento de la cabeza al recibir el mesurado impacto pero no se da cuenta de lo que está sucediendo. Sí cambia de lugar, lo que resulta una suerte porque se aleja de las ramas de la orilla hacia el centro despejado del río, momento en el que decido presentarla batalla: tenso la línea con decisión para afirmar el anzuelo más y empieza una lucha aérea. Aquel bello ser pasa más tiempo en el aire que en el agua, pero al poco tiene la mala idea de lanzarse río abajo: al pasar a mi vera interrumpo su carrera y la meto alevosamente en la sacadera. Su airada mirada me da a entender que aquello fue artero, no propio de un  buen caballero.  Sí, no lo volveré a hacer, prometido.

La sereno acariciando sus flancos en zigzag de la cabeza a la cola. Desanzuelo sin el menor tirón. Es muy gruesa y fuerte. Permanece  tranquila a mi lado, ondulando dulcemente su cuerpo. Me vienen recuerdos de otras capturas en similares circunstancias. Cuando me muevo para cambiar de postura la veo alejarse con lentitud hacia la misma postura en la que estaba cuando la encontré.

¡Qué belleza de trucha, de río, de bosque…! Sería maravilloso poder morir aquí, sumido en estas aguas, un día cualquiera de un luminoso  otoño y que nadie me llevase a otro lugar. Puede que por entonces mi karma me permita ser trucha en esta nueva patria, la Patagonia de Chile. ¡Ojalá!

 Siguen otras truchas, algunas pequeñas según avanza la tarde, hasta que llego a un estrecho encañonado repleto de posturas preciosas, unas difíciles, otras sencillas pero que dejan mucha defensa al pez al ser profundas las pozas.  Es ya tarde avanzada y hasta dudo en abandonar la pesca allí mismo pero lo de siempre: sólo un par de lances más…  ¿Sólo un par más? ¡Se hizo noche sumido cuerpo y alma en este paraíso! Pesca buena, no de mucho tamaño  ni de cantidad, pero todas con algún detalle que las hará inolvidables en mis recuerdos.

Con la linterna salgo ya cerca del auto. Siento frío. Noto que estoy mojado:

 

“¡Estos vadeadores viejos!”

 

¡Pero qué digo! Es que sin darme cuenta, cegado por la pasión, hice submarinismo. Me sonrío de mí mismo  y salgo por la empinada cuesta que me saca del lugar. Atrás se quedan mi mundo, las claras aguas, las bellas truchas, los rojos ñires, sus otoños y ¡el mío…! ¿Hasta cuándo podré seguir bajando a los Ríos? Una misteriosa voz ronca, como la de Paco Pepe, me responde bajito:

 

” ¡Hasta tu muerte!”  

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