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Aquellos tiempos que no han de volver.

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Aquellos tiempos que no han de volver.

Aquellos tiempos que no han de volver.

Tenía 18 años; una moto DKW, una caña del país y un carrete de cebo. La línea, unos metros de dralón embadurnados con cera para hacerlos impermeables. De vadeador, un pantalón de tela de marinero y de botas unas sandalias con suela de esparto. El frío en los ocasos no era óbice para hacerlo desistir de su maravilloso sistema de pesca al cual llegó de manera providencial. Solía cogerle la noche metido en el agua hasta la cintura ¡o hasta el pecho!

Resultaba habitual en aquel muchacho pasar muchos días perdido por la Serranía, normalmente con la tienda de campaña y…poca comida.

Sus conocimientos de pesca eran escasos porque nadie había en España pescador con “cola de rata” que pudiera haberlo ayudado en cosas elementales: su Maestro era el Río. Tampoco le era posible adquirir un razonable equipo de pesca porque las tiendas ni sabían lo que era “cola de rata”.

Su destino era variado en años anteriores al del relato, ríos que tuvieran acceso por tren o por autobús, pero desde la adquisición de la moto su preferencia obsesiva fue la Serranía de Guadalajara.

peralejos-de-las-truchasPor aquellos tiempos el Alto Tajo era un lugar desconocido; de hecho en el pueblo de Peralejos nadie había visto a otro pescador “ciudadano” que al bueno del muchacho. Se asombraban los ribereños, para los que la abundancia de sus ríos hacían

menospreciarlas, que para pescar unas “vulgares” truchas se hicieran tantos kilómetros.

No existían en ese pueblito medios de hospedaje; tan sólo podía alojarse en la casa de una Viuda anciana. La cama era un nicho incrustado en la gruesa pared de piedra de la casita, enclaustrado por unas livianas cortinas de color indefinido. Se puede decir que era “suyo” porque nadie alquilaba un solo día aquel “lujoso” dormitorio. Por suerte la tarifa era modesta aún para aquellos lejanos años: quince pesetas incluido el desayuno y la cena, más un bocadillo de jamón para el día, bocadillo que muchas veces se convertía en una sopa de río, pero aún así lo encontraba delicioso. Y por esa época la gasolina para la moto estaba a una peseta con veinticinco céntimos el litro… Todo asequible a su modesto sueldo de estudiante que solía incrementar con la fabricación de algún aparato de radio de los usados clandestinamente para escuchar las emisoras extranjeras. Eso le consentía frecuentar el Alto Tajo.

En ese largo periodo de aprendizaje muchos fueron los bolos que soportaba con franciscana paciencia dadas las chanzas de sus amigos. Esas risas habrían de continuar bastantes años antes de lograr un cierto nivel de capturas.

No podemos por menos de rememorar aquellas salidas para que los jóvenes de hoy vean lo que fue aquel mundo perdido de una juventud oprimida, pero dichosa. El ser contra el Tener…pera0

La carretera desde Molina de Aragón era un simple camino de tierra, que se convertía peligroso en la bajada de Los Senderos hasta el Cabrillas, sobre todo si llovía: suelo de arcilla resbaladiza como el jabón; baches como lagos en los que se ahogó una mula en uno de ellos caída; piedras descolgadas de las laderas, en fin, todo constituía una carrera de obstáculos. Pero poco le importaban esos inconvenientes pese a que en más de una ocasión rodó por los suelos con todo el equipaje y con su fabulosa caña del país ¡que nunca se rompía! Con todo, ese tramo del recorrido era una verdadera autopista comparado con el legendario camino de Las Juntas que debía seguir después de atravesar el Pueblo.

“Por aquí nunca había pasao una amoto…” le decían los pastores de los que era bien conocido por sus frecuentes subidas a Las Rochas, al Hoceseca o a la Herrería, todos lugares predilectos para el mozo y que, con el paso de los años, se han convertido en legendarios.

Lejos de serle una tragedia, aquel camino le resultaba una auténtica delicia. Al llegar atravesando verdes trigales escuchando el canto de perdices y codornices a la Ermita de la Virgen, o las desvencijadas Parideras, el Pescador se sentía el rey del mundo, y no digamos nada cuando instalaba la tienda de campaña bajo el puntal de Hortezuela o el de la Moratilla. Las amenazas que eran las numerosas víboras no amedrentaban para nada sus días y noches fundido con el padre Tajo.

Por aquellas épocas la abundancia de pesca era asombrosa; no había tabla en la que no existieran decenas de doradas truchas, por otro lado inocentes ante su única mosca supuestamente seca, una butcher inglesa de eterna duración, guardada con devoción entre algodones en una caja metálica de cigarrillos y que se empeñaba en hacerla flotar mediante ruidosos soplidos que amenazaban

espantar a los peces. ¡Qué sabía él de impermeabilizantes ni puñetas! Y tampoco le importaba que la línea de dralón, bañada en cera y tiesa como un alambre, diera golpes terribles en las posadas que mal conseguía realizar. Pinos de la ribera sufrían por los incontables enganches de sus descompasados lances.

Nunca estaba dispuesto a perder aquella maravilla de mosca única en su caja: se metía con el agua hasta el cuello para liberarla de cualquier enganche en la otra orilla. Total estaba siempre mojado, ¡qué le suponía un poco más!

pera14La vez primera que acampó allí marcó un hito en su historia de pescador ¡y de su vida! Se hospedó en la central eléctrica en la que vivía una familia entera, padres y cuatro hijos pequeños, más el llamado corre turnos, Pedro, todos pescadores de cucharilla o de red... En aquella ocasión, esos amigos le alquilaron una burrita blanca, la Paloma, para llevar el voluminoso equipaje hasta el Puntal de Hortezuela y quedaron en ir a buscarlo a los ¡quince días! Los exámenes de septiembre estaban lejos…

La noche de la llegada, una vez instalada su vivienda de lona junto al agua de una portentosa tabla de aquel entonces, consumido un flaco bocadillo, nuestro amigo se sentó bajo la Luna a contemplar los saltos de las truchas tras unas moscas invisibles que las enloquecían. Y con esa música divina durmió sin despertar hasta bien entrada la primera luz del alba. A cada glup escuchado en la noche sus esperanzas renacían: soñaba con fabulosas capturas, nunca antes conseguidas.

En esa fresca mañana, sin temor a sentir el hielo del agua tajera, comenzó la pesca cerca de su vivienda temporal. El delirio llegó cuando en una de aquellas escandalosas posadas, una ignorante trucha de unos treinta centímetros se tragó la Butcher. ¡Qué inolvidable emoción! Era el primer “truchón” de su vida. Por desgracia se lo comería asado sobre una piedra caliente. Aquel bello pez, visto inerte en su plato, le causó una dolorosa sensación: ¿por qué no respetar la vida de estos seres de tanta belleza? Fue el principio de lo que habría de inventar con los años: la pesca sin muerte.

La familia entera de la central fue a verlo un día después de haber caído una descomunal tormenta, de las muchas que suceden en la zona; estaban preocupados y más se quedaron al ver al joven todo empapado y ¡sonriente! dentro del agua oscurecida por la riada. Desde entonces lo conocerían por el “Loco”.

En conversaciones con los ribereños le hablaban con entusiasmo de las Rochas Bajas y Altas. Decían que había que ser muy valiente para meterse en ellas; fue el detonante ideal para mover la curiosidad del Pescador novel.

pera11Ni corto ni perezoso estacionó su DKW junto a la Ermita y se descolgó por una “gatera” de la Cueva de La Misa hasta alcanzar el río. No era aún el tramo deseado y no quiso detenerse allí pese a las subidas vistas al llegar. Siguió río arriba resistiendo más tentaciones de tablas prometedoras ¡y qué penoso aquel duro caminar! Tan pronto estaba sumido en el agua como a trescientos metros en la cima de una ceja circundante, pero no cedió en el intento hasta que, por fin, alcanzó el punto que le habían descrito los cofrades del pueblo: una roca alta y puntiaguda conocida como la Piedra del Águila. Una larga y serena tabla se abría ante sus asombrados ojos; el espectáculo le deslumbró. Unos buitres volaron sobre él a modo

de venturoso presagio: “Este será tu Mundo. Esta será tu lucha…”- le quisieron decir.

Desde entonces incontables fueron las veces que pescó bajo ese cerro señero y pocas fueron las ocasiones en las que las capturas no le hicieron olvidar al resto del Universo. Tan deslumbrado quedó ese día que casi no pescó, y tanto caminó después que llegó a las Juntas. ¡Qué tablas, qué cuevas, qué corrientes! Quedaría irremisiblemente enamorado del padre Tajo para el resto de sus días.

“¿Sabéis?- decía un cabrero llamado Félix- el Loco ha pescado todas las Rochas de una vez , salió por las Jutas y aun me dijo que quería llegar a la Herrería”

Ese Félix era también pescador con saltamontes manejado a la española, con una larga vara de avellano y un breve tramo de crin de caballo retorcido en su puntera. Se hicieron muy amigos por pescar de la misma manera, con materiales distintos sí, pero al fin y al cabo, ambos eran mosca seca.

El cabrero Félix era soltero y vivía sólo en una casa desde cuya cama se podían ver las estrellas a través de las tejas. Su único tesoro, unas cabras mugrientas. Nunca lo sintió quejarse de su suerte pero en uno de los viajes a Peralejos le dieron la noticia: Félix se había tirado desde la Peña de la Vieja.

BUTCHEREntristecido guardó el último regalo que le llevaba: su vieja línea de dralón y su mosca “seca” llamada butcher. Ese día no pudo pescar: un nudo le oprimía la garganta. Regresó impresionado a su casa. Había perdido a un verdadero Amigo, ¡a un pescador de seca…!

Peralejos ha sido un pueblo que ha tenido varios suicidios como el de Félix y en el mismo lugar casi todos. ¿Será debido a una sociedad muy cerrada y opresiva? No sabemos. Hoy la juventud existente ha cambiado el fatal sino del ayer y en algo les ayudó aquel joven loco aunque muchos de ellos no lo sepan.

También ha cambiado el río, sus Rochas, sus truchas que ya no abundan; tampoco hay cabreros como Félix que pesquen con el saltamontes y una humilde vara de avellano. Allí llegan hoy abundancia de forasteros, algunos pertenecientes al típico producto de una sociedad sucia e insensible ante la Belleza que dejan huellas de una opulenta basura por lo que fue su Paraíso particular. Por suerte ya no lo puede ver.

Perdió el Hechizo la tabla del Águila; modernizaron el mal camino a las Juntas. Lo invadieron tropillas de turistas con sus transistores a todo volumen y pescadores que destrozan todo por donde pasan. Aquel “loco” muchacho acabó su vida muy lejos de Los Nacederos del Hoceseca, de Las Rochas, del Puntal de La Moratilla. Dicen que vieron en sus ojos unas últimas lágrimas de color esmeralda.

Esta ha sido la leyenda del Río y la de un muchacho de dieciocho años, soñador y enamorado de aquellas aguas.

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